viernes, 1 de noviembre de 2013

Arroz



Estaba yo dando vueltas en su mano a la espera que me lanzarán fuera. Y la necesidad de caer en el mejor sitio me abrumada. Yo era el mejor. Dicho por todos mis ancestros. Es más, lo había escuchado de las personas que me eligieron. Tenía la mejor genética. Los míos habían dado las máximas satisfacciones tanto a los que me habían trabajado como a los que habían disfrutado de mi.

Por fin salí despedido de aquella mano. Sé que no iba solo. Éramos más de 200. Pero yo era mejor. El más fuerte, el más sano, el más de los más. Al caer ya me preocupé de elegir el mejor sitio, en la zona más profunda. Bien enterado, donde nada ni nadie me molestara. Cubierto de agua por completo y a la espera que nuestro sol me hiciera crecer. Tenía que hacerme el mejor. De mi saldrían los mejores. De mis entrañas serian los más hermosos, los más apreciados, los que mejor admitiéramos las esencias. Los aromas, las delicadezas de ese placer.

Seríamos los mejores granos. Los más hermosos granos de arroz de la paella. De ese arroz blanco delicadamente trabajado con un filete de atún fresco encima. De esa guarnición de carne adornada conmigo con pasas hidratadas del mejor brandy por encima. Con los mejores mariscos del mar donde casi he vivido. Esos arroces llenos de leche y canela. De negro y amarillo.


Solo es arroz.

A Guillermo e Izar