miércoles, 24 de julio de 2013

Crucero



Estuvo ahorrando años. No sabía cuántos, perdió la cuenta cuando llevaba 10. Pero ahora ya había llegado el momento, embarcará en unos días. Había pagado religiosamente la cantidad que le exigieron. Y que cada año aumentaba más. Casi tanto como ella guardaba. Pero al fin llegaba. Ahora podría ver el mar de cerca, su ilusión de siempre. De ver esa tierra soñada y contada, por tantos en tantos años.

La travesía seria larga, no esperaba lujos, tampoco le contaron con claridad cómo sería. Solo soñaba con subir y llegar. Parecería extraño a cualquiera que estuviera en sus condiciones. Años de ahorrar, crucero a la vista, y tierra deseada de destino. Pero no era así.

El transatlántico era una patera, el camarote una tabla, y la piscina todo un océano donde poder morir. Pero era toda la "ilusión" necesidad poder dar de comer a los suyos. Llegar a esas vacaciones y quitarse el hambre.

Por fin llegó el día. La acomodaron en su preciado camarote, con vistas al mar y toda la brisa posible. Un lujo, comprobó. Otros no tenían esa suerte.

A los tres días de navegación el transatlántico Costa Concordia ni los vió. Solo su oleaje a su paso fue suficiente. Estaban a menos de dos millas de su destino deseado, la isla de Giglio.


La ola terminó por volcar su ajada patera. Nadie fué a recibirla, nadie supo de sus ilusiones, nadie fué a su entierro. No tuvo vacaciones.