domingo, 4 de agosto de 2013

Soledad sola



Creía que la soledad me gustaba. Y más cuando la asumí hace tiempo. Me encuentro bien. Decido lo que quiero. Y estoy a gusto así.

Pero un día me miré al espejo pensando que me gustaría de nuevo dejarme algo de barba. Y vi en mis ojos la falta de alegría que antes tenía. Casi me asustó. Nunca había visto esa mirada mis ojos. No había nada dentro. Recapacité y antes de seguir afeitándome, tomé mi tiempo en calcular si eso era de ese día o era de más tiempo.

Los pasos fueron sencillos, dos días antes estuve ayudando a una chica que me preguntó cómo llegar a la catedral. Yo tenía que ir hacia allí y le pedí acompañarla sino le molestaba, al contrario, me dijo. Nos dirigimos y mientras andábamos, tuvimos una conversación sencilla pero contándonos cosas sin conocernos de nada, hablábamos de nuestras vidas. Bueno más yo que ella, que sí escuchaba con atención. Y con interés. Que yo le contara cosas íntimas de mu vida, de mis hijos, de cuanto tiempo llevaba sin verlos, cuanto hacia que no tenía una conversación con una mujer.

Llegamos a la catedral. Ella quería verla. Y a mí me encanta, como edificio y con iglesia. Siempre tuvo un encanto muy especial. De pequeño era por lo único que iba a misa. Por ver todo por dentro. Y casi adivinar cómo y quiénes había hecho esas columnas tan grandes y esa pinturas tan fuertes del juicio final. Hice un poco de anfitrión y cicerone. Ella, muy atenta a todas mis explicaciones, no dudaba en preguntar cosas y que si yo las sabia, disfrutábamos escuchándolas.

Llegó su tiempo. Tenía que irse. Le pedí tomar un café rápido para darle las gracias por escuchar a un viejo contar sus historias. Creo que ella estaba encantada por oírlas. Pago los cafés. Y se despidió.

Ahora es cuando me di cuenta de mi soledad. Al recordar todo lo acontecido, vi la tristeza de mi cara. Que mi soledad no era asumida y libre. Era impuesta por los silencios de mi vida. Por el alejamiento paulatino del mundo que me rodeaba. Dejar de estar con los demás.

Dos lágrimas salieron de aquellos ojos sin vida. Y en el espejo miré para que no sólo fueran dos, tenían que ser todas las lágrimas que hubieran dentro. Que salieran todas para llevarse la tristeza y la pegaran en el lavabo. Quería que el sitio que ocupaban se llenará de conversaciones. De chistes. De besos y abrazos. De tertulias. De café frente de la catedral. De llamadas de teléfono a mis seres queridos. Que la soledad se llenará de compañía y alegría..


Ya no me gustaba la soledad. No es buena la soledad, creo que es la mentira del poco valiente.