jueves, 22 de agosto de 2013

Baño turco



-Aun me queda cerrar el contrato de programación del trimestre de contenidos. No creo que se retrase más de dos días. En cuanto lo firme tomo el primer vuelo y reiniciamos las vacaciones.

Al colgar el móvil no sabía si lo que acaba de escuchar de mi mujer era algo que se lo había dicho a mi contestador o era realmente lo que yo había escuchado.

Su pasión por el trabajo rayaba en lo neurótico. Cinco años de matrimonio y aun no había conseguido tener una semana completa de vacaciones.

Me quedé frio y perplejo. Solo, en un hotel a 5000 kilómetros de élla. Y en nuestras vacaciones. La vida sigue. Y yo la seguiría a mis anchas, solo y hacer lo que me apeteciera. Llamé a recepción para que me informarán donde podía tomar unos buenos baños tan especiales en esta ciudad. Me los reservaron para dentro de una hora.

Estaban muy cerca. A menos de 15 minutos. Al llegar descubrí esos baños descritos tantas veces en las mejores literaturas y películas. Cargados de toda simbología ancestral. Y además mixtos. Concesión a la modernidad. Tumbado en aquel recinto cargado de calor y altísima humedad. Vaciando sobre mi cantidades de agua fría que mus poros agradecía con más sudor. Mi mente llegó a relajarse por completo. Tanto que dormité en algún momento.

Levanté la cabeza y descubrí unos ojos grises en una cara perlada por el sudor que clamaban ayuda. Comenté en inglés, que no debía utilizar más el agua caliente sobre élla. Que utilizara la fría. Si no quería ahogarse en el calor o perder el conocimiento. Nos reímos mucho por su gran equivocación. Me dijo que se llamaba Helen, inglesa.  Y que me recompensaba con una exfoliación por mi espalda con aquel guante de crines. Agradecí el detalle. Nuestras miradas eran insinuantes pero nada más que eso. Un beso en su mejilla y un rubor en mi cara.

Terminamos y nos cambiamos, despidiéndonos a la entrada de los vestuarios.

Salía cuando desde un coche aparcado en la puerta, baja la ventanilla trasera y esos ojos grises me dicen que si quería que su chófer me acercara al hotel. Por mi cabeza pasaron las imágenes de su mano paseando por mi cuerpo, pero le dije que no hacía falta. Mi hotel estaba muy cerca, el Four Seasons, la risa saltó en la cara de Helen. También era el suyo.

Por supuesto que accedí al trayecto. Recogimos nuestras llaves. Y en el ascensor no pudimos resistir nuestras ganas. El beso que no me dió en los baños ahora recorrió todo mi cuello. Y aquella mejilla dió paso a su boca. Nuestras lenguas se unieron en frenético juego hasta que el ascensor paró en su planta. La puerta se abrió pero no dió el paso para salir, de nuevo aquellos ojos grises bajaron su mirada hasta lo más alto de mis piernas y mi mano pulso los botones de 3 plantas más arriba.

Media hora después estábamos descubriendo todos los botones de nuestros cuerpos. Cada vez más duros y excitados. Una y otra vez nos fundimos en lo más hondo de nuestros cuerpos. Una y otra vez con más pasión.  Casi al amanecer el sueño nos venció y en los brazos de élla me quedé dormido.

El sonido de un móvil me despertó. Miré y eran 3 llamadas de Carmen, mi esposa. Salté de la cama, escuché el último mensaje y me quedé helado. Llegaba en una hora al aeropuerto. Fui al cuarto de baño y comprobé que Helen se había marchado.

En el espejo había una frase escrita con carmín. Olvida lo que ha pasado, eres feliz con tu pareja. No lo estropees.


Me duché y salí en un taxi al aeropuerto.