miércoles, 8 de abril de 2015

Naturalezas



En estos dieciocho meses que llevo en estos lares, he podido comprobar que la naturaleza es cambiante según las condiciones del lugar donde te encuentras. Algo lógico pero que muchas veces no damos más importancia que al hecho de sentirla, sin profundizar en el porqué del hecho mismo.
Me explico. Un ciudadano que vive en un sitio determinado, con unas condiciones de temperatura y altitud determinadas, y que nunca ha salido de ese lugar, no entiende como en otra parte del globo terráqueo hay otras condiciones. Solo que son distintas y, como casi siempre, además las envidia.
Este tiempo que llevo viviendo aquí, descubro que el clima no sólo está en función de la temperatura, sino también de las condiciones de latitud donde se ubica la ciudad. Con muy poca distancia, quizá debido a la propia orografía, se pueden tener cambios muy importantes en las condiciones habituales de vida. El subir un par de kilómetros en altura, desplazarse a través de una montaña una decena de kilómetros o estar protegido por el valle de turno, hacen que las condiciones sean muy particulares.
Todo esto nos lleva a que las personas que vivimos en esos sitios determinados, no son exactamente iguales, están influenciadas por ese hábitat particular. Donde las condiciones condicionan sus vidas. El calor, el frío, la altura, la distancia, la luz, el sol, la luna, el aire o el agua les lleva, nos lleva a una vida, a un carácter, a unos sentimientos tan distintos unos de otros.
El frío, la falta de luz, los días sombríos y mercurianos, nos hacen personas más tristes y con muchas carencias.
Los sitios de luz total, calor extremo, noches cortas, hacen de esas personas, más espontáneas, más bulliciosas, más alegres.

El caso es que siempre estamos envidiando lo que tienen otros, sin apreciar que lo nuestro siempre tiene sus valores. Queremos estar dónde no estamos y ser quienes no somos. No es cuestión de inconformismo, sino de envidia, a veces sana, otras visceral.