jueves, 9 de abril de 2015

CORRESPONSAL




Cuando vas a la guerra corres el riesgo de que te supriman, de que te maten. En la paz corres el riesgo de que mueras o de que te aparten.
Y solo por esa gran diferencia es por la que unos valientes, amantes de su profesión, se juegan la vida, que los supriman, para que otros, en la paz, se enteren de que en las guerras hay muertes no deseadas. Muertes o asesinatos. Da igual, el que muere no quiere morir y el que mata, sí quiere matar. Una gran desavenencia en las formas de entender un conflicto.
Los que andan con armamento de películas fotográficas, con tarjetas micro SD, con réflex de última generación, no disparan fuego, pero si reflejan el fuego, el horror de una sinrazón. Plasman en los ojos de la paz los horrores de la otra tierra, esperando que los que están sentados en sus cómodas butacas salten por el ruido de las imágenes de cientos de almas rojas cubiertas de la insensatez de muchos.
Sus chalecos no terminan en puntas, ni son de colores de sedas, ni cubren el cuerpo entero; las balas, a veces, no entienden de trayectorias precisas y se alojan entre ojo y ojo; no rebotan en el Kevlar, entran en el bajo vientre y duelen hasta eliminar la posibilidad de que la réflex con Wifi transmita su propia muerte.
Son personajes de aventuras, o son idealistas de vocación. Son los que ellos quieren ser. Y quieren con una imagen retorcer a los que estamos llenos de avaricias y lujurias.

Pocos hacen mucho. Nos dan donde más nos duele, pero el problema es que cada vez el callo es más duro y está más lejano de nuestra alma.