martes, 10 de diciembre de 2013

Un Copo de Nieve


Realmente no sé cuándo comienza mi vida. Ni cuando muero o cuando nazco.
Creo que empieza en el lago de la laguna de La Mata. Allá por el mes de agosto. Sé que el clima es excepcional. Mucho calor. Allí se llenan las salinas en el invierno para que el sol me vaya evaporando. Cuanto fuego hay a veces. Parece que quema el agua.
Una tarde de calima asfixiante alguien me dió un codazo.
-Te toca. No tardes antes de que refresque, tienes un largo viaje.
Y así. Sin más, salí de aquella laguna. La primera impresión fue la belleza del sitio. Justo al lado, estaba ese gran mar azul. Y al fondo el horizonte que lo unía al cielo radiante. Solo esa línea imperceptible era su unión. Y junto a él esas rocas donde seguro descansará el autor mirando su alma.
Subí y subí sin parar, el calor era cada vez más sofocante. La ascensión rapidísima casi no me dejaba percibir el maravilloso paisaje que se dejaba a mis pies. Tan desconocido para mí que solo me hacía abrir la boca de sorpresa. Alguno de mis compañeros, ya avezados en estos viajes, me contaban las maravillas de esos sitios por los que pasábamos. Grandes montañas, extensiones de tierra desérticas, concentraciones de viviendas de los humanos. Verdaderas panorámicas del mundo.
Y sin esperarlo, un viento huracanado nos hizo estremecer a todos. Nos arrulló en su cuerpo y subió a los cielos hasta llegar a perder la luz del sol. El frío se adueñó de nosotros, aires gélidos nos desplazaban sin sentido de un sitio a otro. De arriba a más arriba. Sin saber hasta dónde podíamos llegar. Llegamos a sentir la angustia del momento. El desconocimiento de todos nos había temer por nosotros. Nunca nadie llegó tan alto. Y con este frio tan intenso.
El viento cesó de golpe. Nada se movía. Y nosotros muy juntos unos a otros nos dábamos ánimo para adivinar lo que nos esperaría a partir de ahora.
Lentamente nos fuimos transformando. Nuestro vestido iba cambiando. Dejábamos la vaporosa seda por los preciosos cristales transparentes. La suavidad de las arrugas cambiaban por las lindas aristas estrelladas. El color casi blanco inundaba nuestras galas maravillosas.
Ahora recordaba mi primer pensamiento. El calor de La Mata. Y que frío hacia ahora. Pero no sentía nada malo. Era como si mi existencia fuera esa, de pasar del calor más intenso al frío perpetuo. Qué vida tan extraña y bonita la mía que permitía tener todas las experiencias de la vida en tan poco tiempo. 
Y cuándo menos lo esperábamos de nuevo el viento, una vez más en movimiento, una vez más arriba y ahora abajo también. Velocidad inusitada. Casi provocadora de sensaciones aun por vivir. Descenso vertiginoso hacia la tierra. Que por segundo se acercaba a nosotros viéndola desde la distancia. Pero no, éramos nosotros quienes nos aproximábamos a ella. Que pasaría ahora?
Uno de los más antiguos comentó que llegábamos ya a nuestro final del viaje. Pero dejó en suspense cómo sería. Habría que disfrutarlo una primera vez para sentir esa fascinación.
Por fin el viento calmó. Los aires se volvieron brisa y el frío aterido abandonó su puesto dejando un ligero calor.
Caímos casi cogidos de la mano. Nos mirábamos asombrados por el cambio de vestidos. Ahora éramos estrellas de cristales brillantes llenos de dibujos preciosos. Uno a uno nos posamos lentamente por los sitios más curiosos, y el mío fue el más maravilloso. Un precioso abeto lleno de regalos de navidad que unos niños habían adornado. Sus ojos brillaban tanto como yo. Y unas lágrimas recorrieron mis aristas. Pensaba que mi fin seria ese. Ver la felicidad de esos ojos de niño. 

O no......pero esa será otra historia.