jueves, 5 de diciembre de 2013

La ventana Indiscreta


Desde su ventana indiscreta tecnológica divisaba a diario todo lo que ocurría en su barrio. Cada día más grande. Los vecinos iban y venían sin parar.
La casa de su izquierda era de tres pisos con dos viviendas por planta. Desde una familia con tres niños ya terciaditos a un despacho profesional de abogados, aunque aún no estaba seguro de ello. Tendría que estar más atento a los me gusta que ponían. Algo raro, dos mujeres con el mismo criterio en Facebook no era normal.
En el edificio de enfrente, en su local de abajo, un restaurante de tronío con un chef loco por la comida innovadora de excelente calidad y una segunda pasión por las últimas tecnologías de la comunicación.
La vecina del primero, separada y con ganas de encontrar una pareja que la mimara, había soledad en sus escritos y en las fotos con mensaje que colocaba.
Dos funcionarios, pareja ellos. Que con trabajos dispares en sus horarios utilizaban la misma ventana para cotillear las vidas de su barrio. Uno de noches y la otra de día. Pensaba alguna vez que pobre ventana, tanto trabajo sin dejarla enfriar. Ardería por calentura total.
La segunda, una madre separaba con más problemas económicos que reales en su cabeza y tiempo suficiente para hacer y deshacer líos y entuertos.
La última vivienda un parado frustrado en el romanticismo que solo provocaba en las ventanas necesitadas ansias de libertad pero que con el tiempo que tenia no inventaba, pero copiaba lo de otros con la maestría de los chinos. Era el medio rey del barrio.
Algún soltero de oro circulaba por las aceras pavoneando sus encantos materiales de fotos y pinceles, buscando créditos y reconocimientos de todas aquellas que faltas de ilusiones propias querían vivir de sueños de El Principito.
La casa de la derecha habitada por el matrimonio de toda la vida y que no llevaban vida. De hijos libres de responsabilidades cada uno a lo suyo, sin más que buscar sus anhelos por debajo de las camas. Y en la ventana de películas y de amores de otras tierras.
Y claro cuando todo se mira y todo se enseña al final se sabe a qué hora entra y sale del sueño de la vida. Y los me gusta y no me gusta que le pongas me gusta a lo que yo le he puesto me gusta, solo lleva a que los me gusta, sean las discordias más graves del barrio virtual. Las ventanas indiscretas echan humo, salen rayos, encienden fuegos fatuos, rompen comunidades y crean enemigos viscerales por los malditos me gusta, sin ser me gusta.
Cotilleo la vida de todos. Veo las guerras fratricidas, no son hermanos de sangre, pero eran hermanos de amistad, y el me gusta maldito ha cambiado mi barrio de caña, tapa y tertulia por la ventana indiscreta tecnológica que espía a qué hora me enamoro del pavo real, en qué momento el culo del actor sale en la tele, cuando vuelvo de negociar la hora de recogida de la nieta del hijo separado, de la cantidad de monedas que me quedan en el monedero o de la comida diaria que como en casa.

Esa ventana indiscreta tecnológica que rompe la vida de mi barrio con me gusta, ya no me gusta