miércoles, 9 de julio de 2014

La Ira


Cuando Salomón, en su gran juicio, quiso partir en dos al bebé para dar a cada madre un trozo, la verdadera enseguida dijo que se lo entregarán a la otra madre.
Cuando dos grandes sabios intentaron iniciar una discusión para poder entender las pasiones del ser humano y colocaron un ladrillo en el centro de los dos, diciendo uno de ellos que el ladrillo era suyo. Y el otro debería contradecirlo diciendo que era también suyo. Pero contestó: bueno si es tuyo quédate con el ladrillo, no vamos a discutir por esto.
Discutir hasta los extremos de la ira y la cólera, donde perdemos la realidad de las cosas solo nos lleva a aumentarla. Si a un amigo le comentamos nuestro gran enfado y que estamos encolerizados por ello en ese momento nuestro estado de ánimo vuelve a la serenidad y normalidad. Y si no lo hacemos con un enemigo seguirá aumentando hasta el punto de que los cambios pasan de ser psicológicos a físicos, disparando la adrenalina, la tensión y posibles consecuencias cardíacas. 
La ira, la cólera nos transforma físicamente. Perdemos nuestra felicidad en el semblante, perdemos el color sonrosado de nuestro cuerpo, la paz, la calma, el sueño dejan de pertenecernos
Del temor, la debilidad, la falta de confianza nace la ira. Nos frustra, nos debilita, nos apaga y nos enoja.
Los que antes eran nuestros amigos, los que nos ayudaron ahora desconfiamos, nos sentimos huidizos, perdemos todo lo que antes teníamos. Podemos llegar a la furia extrema, a la agresividad verbal y aún más a la física contra quien nos creamos que nos ha contrariado. Pero aún hay más. Podemos descargar toda esta negatividad extrema en nosotros mismos. En la soledad hacernos daño, físicamente y directamente.
No es el primer escalón, antes pueden ocurrir actos que nos lleven a estos extremos. Temor, frustración, contrariedad a hechos o situaciones en las que estamos o creemos que llevamos razón, celos, amenazas,  cansancio, turbación, humillación. Pueden ser los escalones que nos lleven al rellano de la explosión. 
Sí conseguimos darnos cuenta que la escalera ya está a mitad de nuestro recorrido podríamos muy bien parar y empezar a bajar esos escalones.


Sí no somos capaces de ver los escalones y llegamos arriba es mejor no comentar los efectos maliciosos de esta emoción.