lunes, 14 de noviembre de 2016

Se llamaba Lara


lunes, 14 de noviembre de 2016

Hace trece años llegó a sus vidas, casi sin darse cuenta, poco a poco fue creciendo en cariño, que no en tamaño. Menos de un dedo en toda su vida creció.
Y fue tanta el apego que creó en sus vidas, que se hizo como una personita más. Una hija que no tuvo, una hermana que siempre quiso, una compañera de lujo.
Día a día, momento a momento, le enseñó cómo cuidar de otros, la ternura, el cariño hacia los demás. Una compañera de viaje.
¿Quién no puede comprender que el cariño no es exclusivo de las personas?
Se ha muerto un animal, sí. Pero era su perra, su amiga, su compañera, su vida. Y tiene todo el derecho a sentir dolor, pena, tristeza, rabia, impotencia, desolación, enojada y hasta culpable.
Todo es normal en esos momentos. Y todos debemos entender esos momentos importantes en sus vidas. Se le quiere y mucho, tanto como a una persona, tanto como a un ser humano. Y más te quiere el a ti, que, sin mucha recompensa, te lo da todo, su cariño, su fidelidad, sus alegrías, su compromiso total. Seguramente solo la quiso a ella, a su dueña, quizá no hubo nadie más en su vida.
Nadie tiene el derecho a decir que solo es un animal. Es un animal, es su animal, es su perra. Y la siente como algo suyo, intimo. Tiene todo el derecho a sentir su perdida, su pena. Y a estar a su lado siempre, hasta en su muerte.
El respeto a las personas, empieza por el respeto a ti mismo. Cuando falta ese respeto dejas de entender que los demás son diferentes.
Y como dice mi buena amiga: Muchos no pueden entender el dolor ajeno, pero si respetarlo”.
Lara falleció la semana pasada cuando sus dueñas, Angeles y Luisa, estaban en un congreso médico a mucha distancia de ella.
Asensio Piqueras