viernes, 9 de septiembre de 2016

Mi vida en tus manos


Viernes, 9 de septiembre de 2016

El otro día leía un excelente artículo de mi buen amigo Víctor sobre la entrada, en estas fechas, de los locos bajitos que diría el cantante, a las aulas. 
Hablaba sobre la necesidad de enseñar a leer a los chavales. Leedlo. Pero me quedó la sensación de que empieza un nuevo calvario para muchas chicas y chicos en esa tribu de escalas que son las aulas. Sé que son los más crueles del mundo, el ensañamiento es total en algunos casos. La desesperación diaria llega hasta la angustia y el desánimo. El miedo atenaza cada uno de los momentos de unión con sus compañeros. Eres bizco, manco, cojo, llena de pecas, tartamudeas, eres serio, tímida, apocada. Pides ayuda a tu hermano para que te acompañe a la puerta. ¿Y luego qué? No hay protección suficiente en cada uno de los centros y aulas. El acoso es brutal, feroz. Es físico, es psíquico, es carnal y emocional. Extremo hasta la vida.  
En algunos casos, y eso es lo peor, el final es la muerte.  
Hay denuncia, hay juicio, hay sentencia: cuatro meses de trabajos a la comunidad para reconducir la conducta. Son menores de edad. 
Y el resto a llorar agarradas, hacer las fotos de unión, las velas de “no te olvidamos”. 
La ley es la que es. Habría que cambiarla, desde luego.  
Siempre nos quedamos en las flores de los árboles, viendo lo bonitas y olorosas que son. Pero nunca nos paramos a pensar la cantidad de agua que ha necesitado el tronco hasta hacerse grande y hermoso.  
Al igual que deberíamos hacer nosotros, todos, regar con mimo y amor, para dar una educación responsable a nuestros hijos. Nosotros somos los encargados de su educación, no los responsables de su conocimiento. En nuestras manos está esa responsabilidad y a los colegios, y sus responsables, la del control de su aprendizaje en el conocimiento del espíritu y su vida. Sí, digo su vida; en las horas del día hay más de un cuarto, casi un tercio de las horas del día que están en sus manos. Responsabilidad en esos momentos.  
Las sentencias son firmes para los culpables. Pero son económicas para los irresponsables. Solo así, unos padres destrozados por el suicidio de su hija, el injusto dolor, y la comprensión momentánea de la sociedad pueden hacer que paguen económicamente, esos irresponsables que pasan desapercibidos en un centro sin escozores, ni remordimientos.